Cuando no sientes nada… pero sigues caminando
Hay días en
los que la oración suena hueca.
Días en los que las palabras no salen, o salen cansadas.
Y, aunque parezca extraño, son días profundamente espirituales.
Hace unas
semanas, una joven me dijo:
“Hermana, creo que mi fe se está apagando… ya no siento nada cuando rezo.”
La escuché despacio. Nadie nos enseña que la vida interior también tiene
estaciones.
Le conté
algo sencillo.
Hay momentos
en los que el corazón está en primavera:
todo florece, todo emociona.
Pero otras veces llega el invierno.
El suelo parece seco… y sin embargo, las raíces siguen creciendo en lo
escondido.
El Evangelio
de ese día decía que Jesús caminaba con sus discípulos aunque ellos no lo
reconocieran.
Me encanta ese detalle:
Él estaba. Ellos no lo sentían. Pero Él no se fue.
Quizá te
pasa algo parecido.
Te sientas a rezar y te parece perder el tiempo.
O miras al cielo y no sientes nada especial.
Pero ahí, justo ahí, puede estar tu oración más sincera.
Porque la
fe no es sentir.
La fe es permanecer.
Es seguir diciendo “estoy aquí” incluso cuando parece que nada cambia.
Le dije a la
joven que quizá ese era el momento en el que Dios quería que ella aprendiera a amar
con madurez, sin buscar recompensa emocional.
Y que tal vez, sin darse cuenta, estaba creciendo por dentro.
Cuando
terminó nuestra conversación, me dijo:
“Entonces… ¿está bien que siga rezando aunque no sienta nada?”
Y le respondí con una sonrisa:
“Eso es exactamente lo que hacen los amigos verdaderos. Están. Aunque no
sientan mariposas.”
Si hoy te
encuentras en un día gris, recuerda esto:
Jesús camina contigo aunque tus ojos no lo reconozcan.
Y eso, aunque parezca pequeño, es un milagro cotidiano.
— Desde el Corazón de María
Equipo de Granos de Mostaza
(Misioneras Hijas del Corazón de María)
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