La Cruz: un signo que cambia nuestra vida
En la primera lectura escuchamos al pueblo de Israel que se cansó y empezó a quejarse en el desierto. Dios les manda un remedio: mirar una serpiente de bronce levantada en alto. Los que la miraban con fe, sanaban. Eso mismo pasa con Jesús: cuando levantamos la mirada a la cruz, encontramos vida y fuerza.
San Pablo nos recuerda que Jesús, siendo Dios, se hizo uno de nosotros y aceptó la cruz por amor. No lo hizo por obligación, sino porque quería salvarnos. Y el Evangelio lo dice clarísimo: Dios no mandó a su Hijo para condenarnos, sino para salvarnos.
¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
La cruz no es solo un recuerdo del pasado, sino una
invitación para hoy. Seguir a Jesús no significa sufrir porque sí, sino
aprender a vivir con amor, incluso cuando cuesta. Y eso empieza en lo
cotidiano:
- No
quejarse tanto: a veces
lo hacemos por todo, y eso solo nos amarga.
- Echar
una mano en casa o en el colegio/trabajo aunque nadie lo pida.
- Hablar
bien de los demás y no caer en chismes que destruyen.
- Ser
generosos: con
tiempo, con sonrisas, con paciencia.
- Trabajar
en equipo en vez
de competir o criticar.
Son cosas pequeñas, pero cada una es como “un pedacito
de cruz” que, llevado con amor, transforma nuestra vida y la de quienes nos
rodean.
La cruz de Jesús nos recuerda que el amor verdadero
no se rinde, incluso en lo difícil. Y que, si confiamos en Él, podemos
descubrir que lo que parecía derrota es en realidad victoria.
El Equipo de "Granos de Mostaza".
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